
La miró
a los ojos y hubo una comunicación
entre dos infiernos: el de él y el de ella...
Charles
Bukowski, El malvado.
donde decía
buscar frase: tecleé relatos eróticos y,
sin dudarlo, presioné el botón que decía
buscar.
se abría
casi de inmediato ante mis ojos un pergamino interminable de
lugares abstractos que visitar, y de entre todos, el que me
atrajo más era el que tenía por título:
mondoBizarro.com: relatos, fotos, videos, follar, sado,
teens, se...
llevé
la flechita a esa línea que se me antojaba mágica
y, luego de presionar, un gigante enmascarado en brillantísimo
cuero negro con un látigo en la mano apareció
de súbito en la pantalla pidiéndome hacer click
sobre Entrar (sólo si era mayor de 18 años.)
una vez
dentro revisé al menos tres veces el menú que,
adornado por fotos de celebridades al desnudo, era un árbol
del cual se desprendían hojas ridículas, como
Pamela y Tommy: el video; escatológicas, como
eatshit: video. 8 seg. 720 kb; sugerentes, como Tiffanny:
la galería; pero sobre todo perversas, como la que
rezaba Me gusta en familia by Angelita (anal, incesto, orgías).
mi supervisor
pasó cerca de mi puesto y en medio de tanta culpa y nerviosismo,
me tomó algo de tiempo reducir la imagen de tamaño
para que pareciera que leía a través del cristal
el manual de normas y procedimientos de la empresa. hubiera
sido realmente vergonzoso que mi supervisor en lugar de comentar
"así es, memorice las reglas, que luego lo evalúo",
hubiera dicho con violencia que "no te vea otra vez utilizando
en eso nuestros recursos o vas a estar poquísimo tiempo
ocupando ese asiento". una amonestación el primer
día de trabajo, el mayor anhelo de todo pasante.
siguió
su camino, de seguro al cuarto del café a buscar una
taza, y cuando se perdió de vista, regresé a mi
nuevo mundo "bizarro". busqué de inmediato
el cuento de angelita y empecé a leerlo. después
de todo, las normas son siempre las mismas y el primer día
no hay mucho que hacer y bla, bla, bla...
era un crimen
desperdiciar el ánimo que crecía en mi pantalón
con cada línea. tenía que ir al baño y
masturbarme, pero antes debía imprimir la historia. me
levanté un poco de mi asiento y elevé mi rostro
ligeramente sobre el tabique que me separaba del resto de la
oficina, como un roedor del desierto haría en la boca
de su madriguera.
vi la impresora;
esperaba que estuviera sola, pero a las once de la mañana
hay embotellamiento de impresión. al menos seis personas
revisaban constantemente lo que había salido por la boca
del animal en espera de su documento, visa para un almuerzo
relajado.
a las doce,
ready or not, todos fueron a comer. alguien GRITABA "acaso
les van a pagar más por trabajar en la hora de almuerzo"
y entre risas, arreaba el rebaño al pastizal. envié
mi historia, ya ansioso, a reproducir en papel.
llevaba
una hora pensando en las conversaciones con mis compañeros
de apartamento sobre nuestras técnicas masturbatorias.
recordaba como héctor "fornicator" lópez,
sin fanfarronear, sino más bien franco y sencillote,
nos decía que se llevaba al baño todo recurso
disponible: dos dedos, pulgar e índice, relatos, imágenes,
ideas, música ambiental y mucha concentración.
alguna vez sintió calambres antes de terminar su tarea.
"a veces parece que no voy a terminar nunca" decía
preocupado, añorando el milagro de la eyaculación
precoz. samuel, "sammy", lo hacía en su cama.
tomaba una almohada, la doblaba alrededor de una bolsa plástica
previamente ungida por dentro con aceites y la penetraba repetidamente,
in-out in-out, mientras la apretaba con ambas manos y mordía
entre gruñidos su sábana. hacía mucho ruido,
por eso cerraba su cuarto y ponía música a todo
volúmen.
alex, "la
loba", pasándonos por un lado, nos decía:
"¿ya se pusieron grotescos, o falta todavía?"
"¿tú
cómo te masturbas, loba?" - preguntaba héctor.
"con un dedo" - decía con una sonrisa mientras
iba a la cocina a llenar su octavo vaso de agua del día.
era tan delicada su seña al mostrar su dedo medio que
no parecía ofender o estar ofendido.
"yo
necesito leer"
"¿eso es todo?" - sammy.
"¿y los detalles? ¿la imagen?" - fornicator.
"la homosexualidad comienza donde la curiosidad vence a
la hombría" - la loba, a su regreso de la cocina,
sonriendo.
era la verdad,
necesitaba que alguien de otro tiempo, de otro espacio, me sugiriera
una imagen, iniciara una escena que yo complementaría
a placer. por eso necesitaba a angelita. por eso esperaba cada
página con impaciencia y manos sudadas.
ya había
visto desde mi puesto a la señora de limpieza dejar la
puerta del baño abierta para que se secaran los pisos
(por mi cuenta jamás lo hubiera encontrado, pues no tenía
letrero), así que al salir la última página,
confirmando la soledad del departamento de contabilidad, me
dirigí al baño y me encerré a leer en un
cubículo con buena luz.
sentado,
mientras leía, me rozaba sobre el pantalón. era
como una sesión de crecimiento personal: me trataba con
cariño, me demostraba aprecio. amor propio.
dos páginas
más tarde, con una mano me desabrochaba el pantalón
y me liberaba de tanta presión mientras la otra sostenía
el cuento que yo leía con avidez. por un momento era
adicto a angelita, a cómo perdió su virginidad
en la cocina con su padre, y a cómo le enseñaba
a su hermanito a sostener una erección.
cuando mi
pantalón descendió por mis piernas hasta el suelo,
el roce era decididamente una caricia. la caricia devino en
meneo; que tuve que detener porque alguien entró al baño
y bajo la puerta debía lucir cuando menos llamativo el
que la hebilla de un cinturón se balanceara con ritmo.
oí
correr el agua. se limpiaba las narices de manera bastante femenina.
me pareció curioso e intenté ver por debajo de
la puerta, pero no podía ver nada. me distraje pensando
en la incómoda forma de notar que me había equivocado
de baño, y quizá por eso no percibí el
momento en el que el estrecho cuartito se inundó con
su aroma.
lo identificaba
claramente. era una loción diurna de vainilla para manos
y cuerpo de victoria´s secret. era el mismo aroma de mi
maestra de catecismo de cuarto grado, la madre josefina, una
sevillana de unos setenta años que tenía el trato
con niños en los genes.
el aroma
me llevó de inmediato a mis ocho años, en una
capilla de la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción,
frente al colegio, cantando hosannas y alabarés, de la
mano de mis amiguitos y de la señora de quien Dios se
disfrazaba para hablar con nosotros. viendo un jardín
inmenso de cayenas y albahaca a través de un vitral al
distraer mi atención del Cristo crucificado que se elevaba
sobre el altar.
mi erección
se fue a la mierda.
intenté
seguir con el cuento, pero el olfato estimula más directamente
la imaginación que la lectura. para leer necesitas concentrarte,
y no es fácil concentrarse en los devaneos anales de
la mamá de angelita con una imagen constante de sotanas
y mariposas en el alma. si el olor hubiera sido esa seductora
mezcla de sudor, saliva y semen que habita en un cuarto luego
de varios rounds sexuales, ni la biblia me calmaba la inflamación
y la incandescencia.
frustrado,
y con la vainilla en bajo relieve, regresé a mi puesto.
la oficina seguía sola así que me senté,
aparté el teclado y refugié mi cabeza entre mis
brazos, sobre el escritorio. recordaba a la madre josefina entre
salmos, canciones y hostias; entre murmullos y risas.
la recordaba
convenciendo a mi mamá de que un seminario era lo mejor
para mi educación (subí una mano sobre mi cabeza
y comencé a estrujarme el cuello. siempre funcionaba.
me relajaba).
recordaba,
ya más tranquilo, a mi mamá llevando a la madre
a su casa (era casi nuestra vecina), dónde la recibía
casi siempre su quinta nieta. recordaba que ella le comentaba
a mi mamá que tenía 14 (catorce) hijos. recordaba
la confusión que me causaba saberlo.
recordaba
que mi primer pecado mortal, que me costó cinco padres
nuestros y dos credos, fue imaginar a la madre josefina subiendo
con lujuria su sotana e invitando a su hombre a divertirse en
tierra santa. consideraba tan dañino ese pensamiento
que lo había borrado de mi memoria, hasta que victoria´s
secret lo rescataba de algún rincón donde reposaba
junto a una cosquilla en la ingle.
esa era
la solución. alguien me dijo una vez en una plaza en
madrid "si no puedes con ellas, macho, fóllatelas".
debía agregar a la madre josefina a mi fantasía.
regresé
al baño con las manos vacías, que dediqué
exclusivamente a mis caricias y meneos. todavía olía
a vainilla. la madre josefina me pedía recitar de memoria
Mateo 26:41. yo no me lo sabía, de pie, al frente, en
el pequeño salón.
pero hacía
mi mejor intento: "Velad y orad, para que no entréis
en tentación; el espíritu... el espíritu...
la carne... ¡la carne es débil!"
"no
os lo sabéis, ¿cierto?", cada ese, cada ce,
todo era sensual en su voz nativa, hija de moros e ibéricas.
"no
me lo aprendí"
la madre
dejaba de dirigirse a mí, para dejar caer sus palabras
sobre todos los infantes: "¿hijitos míos:
sabéis lo que es la tentación?"
en ese momento
mi imaginación convertía niños y niñas
de siete años en jóvenes ardores. en voluptuosas
curiosidades.
"la
tentación es un calor ajeno en vuestra ternura"
- tanteaba con la punta de sus dedos una entrepierna impúber.
"descubrir
la esencia inequívoca de ese calor" - paseaba los
mismos dedos frente a un joven olfato.
"¿entiendes?"
- mirándome fijamente.
entonces
ella se acercaba a mí. su dedos a mi sexo. su hábito
al suelo para llevarme a su sagrada boca y no retardar más
el húmedo beso que traducía mi agitado ejercicio
en desvanecimiento y me devolvía a lo tangible.
así,
mareado, extático, sudoroso; reposaba, aún sentado,
percibiendo en el aire dulzón un incentivo que prolongaba
unos segundos el temblor.
pero debía
salir de allí. pronto terminaría la hora de almorzar
y manadas de mujeres entrarían al baño para no
salir hasta no ser de nuevo la fina estampa que salió
de casa esta mañana.
eso podía
tomar mucho tiempo.
abrí
cuidadoso la puerta. voces se acercaban a presionarme. aún
mareado pero ágil, auxiliado por la ubicación
intrincada de la puerta y su vecindad con el cuarto del café,
no sólo pude salir inadvertido, sino que llegué
incluso a servirme una pequeña taza de café claro
cuando las voces arribaron. una de ellas entró al baño.
mi alivio no se alteró siquiera por el calor hiriente
en mis dedos al sostener el vaso plástico.
nadie me
dijo nada, ni un saludo. regresé a mi madriguera.
algunos
músculos aún vibraban levemente: había
sido un orgasmo muy intenso. MUY intenso.
entendí
entonces, aún en éxtasis, que debía perseguir
ese aroma y hacer física mi fantasía. nació
de inmediato un seductor en mí.
me fijé
en cada mujer que desfiló ante mis ojos (hasta las mujeres
de mercadeo y ventas eran feas y de un gusto terrible. un ochenta
por ciento me doblaba la edad. pero no me importaba mucho),
y DECIDÍ, no sin algún temor, que la recepcionista
era la causa de mis inundaciones sinápticas. decidí
que ella olía a vainilla, impulsado por unas piernas
y un culo inigualables, a pesar de una sonrisa que invitaba
a no decir nada divertido en el resto de tu vida.
no me la
habían presentado, pero mis compañeros hablaban
mucho de ella, de isabel, del culo de isabel.
"yo
soy nuevo aquí", me dije. "si alguien tiene
un pretexto para acercarse a ella, soy yo".
revisé
mis gavetas. no había engrapadora, así que se
la pediría.
nervioso,
me acercaba a ella; estaba parada, llegando de comer, conversando
con la señora que le llevaba el café al director.
isabel sonreía mientras hablaba con ella, así
que me dediqué a observar sus piernas.
mis temores
se disiparon cuando percibía que la vainilla, de ser
casi imperceptible, iba convirtiéndose en un aura difícil
de obviar que protegía su escritorio.
se mezclaba
con la inequívoca esencia del café instantáneo
con leche en polvo, pero la relevaba gallardamente a un segundo
plano.
volteó
hacia mí, y su cabellera casi no se movió. haría
un par de semanas que recibía embates ininterrumpidos
de sucio y grasa. sus mejillas brillaban con la luz de neón.
más grasa. con una sonrisa me dijo "hola" y
me escudé mirándola a los ojos. de haber visto
su boca, mi estrategia habría fallado al nacer.
la señora
del café aprovechó mi llegada para continuar su
camino. nos dejó solos.
"hola",
sin rodeos.
"hola. ¿en qué te puedo ayudar?", sonrisa.
"necesito una engrapadora y no sé si me asignan
una, si hay una común... no sé"
"si quieres te presto la mía", otra sonrisa,
era insoportable.
"oye, gracias ... isabel, ¿no?"
"sip. mucho gusto", extendió su mano, como
lo esperaba.
"mucho gusto"
sus manos
eran bastante ásperas. fingí una molestia en la
nariz y acerqué mi mano para frotármela mientras
aspiraba el afrodisíaco perfume y mi rostro cambió
tan bruscamente que debió haberlo notado. olían
a 212 pour femme, de carolina herrera. de hecho, el aura iba
en franco desvanecimiento. "si isabel usa 212, otra persona
usa la crema", pensé.
mi "gracias,
ya te la traigo" cuando tomé la engrapadora fue
bastante nervioso. algo que no comprendía se adueñaba
de la situación. ahora era carmen esther corredor jiménez
(de profesión llevarle el café al director, más
de sesenta años de edad, nacida en la frontera con la
hermana república de venezuela, de voz chillona y nariz
tosca como tosco era el grueso de sus piernas) la dueña
del aroma que acababa de sacudir mis valores morales.
no parpadeé
en cinco minutos. dejé la engrapadora al lado del mouse,
apoyé mis codos sobre la mesa, uní mis manos frente
a mis labios y mirando fijamente los libros de contabilidad
frente a mis ojos, abandoné el proyecto.
busqué
el manual organizacional y, a las dos de la tarde, comenzó
mi primer día de trabajo.
* * *
cuatro de
la tarde. la oficina estaba muy calmada.
en medio
de mis distracciones y mi negación a leer en vidrio había
avanzado sólo dos o tres pantallas.
luego de
dos horas, había pasado todo tipo de cosas por mi mente:
comprar la crema y aplicarla sobre cada mujer que llegara a
mi lecho, olvidar del todo la idea, seguir mi idea de seducción
de la señora (eso debía ser una patología
registrada) y otras que por su efecto poco trascendente no recuerdo.
en medio
de mis cavilaciones, doña carmen esther me pasó
cerca, rumbo al baño, y sin pensarlo la seguí.
iba tenso, pero embobado por las ideas que acompañaban
las dulces migajas de victoria´s secret que dejaba en
el camino.
abrió
la puerta del baño y en un acto último de raciocinio,
me desvié al cuarto del café.
estaba sudando,
respiraba como si acabara de subir diez pisos a trote. jadeaba.
hice un
amago de ir al baño y me arrepentí. volví
a amagar y retrocedí una vez más. tenía
que entrar, pero ¿a qué?
quizá
si era suficientemente dulce cedería a mi deseo. "una
señora de su edad no debe ser capaz de despreciar un
joven robusto como yo", pensé entre otros disparates.
me sentí inconsciente pero optimista. reuní fuerzas,
respiré profundo y con cuidado de que nadie me viera
entrar entré al baño y cerré por dentro.
ella estaba
dentro de un cubículo. tenía otra oportunidad
de arrepentirme, un último amago de salir, pero ya no
pensaba, esperaría impaciente y la convencería,
iba a seducirla.
el baño
olía a vainilla, y la madre josefina salía del
cubículo y recibía un susto de muerte al verme.
"mijito,
te equivocaste", con un tono de voz inexplicablemente lejano
al andaluz.
"no me equivoqué, madre", y su rostro cambió
por completo y de inmediato.
me acercaba
a ella y ante cada argumento, cada oferta y cada piropo me rebatía
con nerviosismos y amenazas. le pedía que bajara la voz,
que perdiera el miedo; intentaba convencerla de que iba a disfrutar
como pocas veces, pero no parecía escucharme. había
miedo en sus ojos.
increíblemente
seguro de mí mismo, no dudé un segundo que cedería
pronto, así que la abracé y comencé a lamerle
el cuello. ella comenzó a pedir auxilio a toda voz, así
que con una mano cubrí su boca y con la otra la contuve
por la cintura.
empezó
a pegarme por donde podía, seguía gritando, pero
ahora eran sólo jotas y haches vagamente audibles y menos
aún comprensibles.
metí
la mano por debajo de su hábito, su piel estaba muy arrugada
y hacía difícil que la recorriera, pero debía
estar disfrutando que un muchachito le acariciara tan apasionadamente
las piernas.
la acosté
sobre la grama, no sin esfuerzo, arranqué su ropa interior
y la penetré repetidas veces, venciendo la resequedad
de su poco ansiosa entrepierna. arriba, en el cielo, las pocas
nubes se arremolinaban blanquísimas de manera vertiginosa.
vainilla,
cayenas y albahacas; un vitral de San Jorge con un pie sobre
el dragón a mi derecha, enmarcado por las paredes enmohecidas
de un gris oscuro y húmedo.
me mordió
la mano y al soltarle la boca comenzó a gritar de nuevo.
la tomé por el pelo y subí su cabeza, me apoyé
en la frente y la golpeé con fuerza contra las baldosas.
al menos tres veces. hasta que ya no hubo más resistencia,
sino sangre inundando los pequeños canales que separaban
las piezas de cerámica del piso.
la puerta
empezó a retumbar. la golpeaban desde fuera. gritaban
algo que no recuerdo, que no entendí, que no escuché.
mientras
yo continuaba el vaivén, la puerta cedió, y un
grito agudísimo opacó el sonido de la puerta contra
las paredes y el piso. un hombre que no había visto antes
tomó una papelera de metal y me golpeó la frente
y la mejilla. me partió algunos huesitos. ciego del dolor,
sentí que entre otros tres me tomaban por la espalda
y me elevaban para lanzarme contra el muro de los lavamanos.
era la única forma de separarme de carmen esther, cuyo
cuerpo todavía temblaría algo de tiempo antes
de morir.
"¡LA
MATÓ!" es lo último que recuerdo pronunciado
con claridad, porque luego solo recuerdo que me golpearon gritando
en un solo estruendo ensordecedor.
cuando desperté,
días más tarde, estaba en una camilla. había
tres policías alrededor y uno de ellos colocaba un espejo
frente a mí. no me podía mover, me dolía
cada centímetro y no podía reconocer el reflejo
de mi propio rostro. recordé una foto de mussolini y
su esposa muertos y deformes después del linchamiento.
luego de
unos segundos, lloré dolorosamente al darme cuenta de
que no había muerto.
©
orlando verde
mondoBizarro
orlando
verde [venezuela, 1977]
/ planeta orlando