
Todavía
sigo nublado. Sentado en el techo de mi casa de dos pisos espero
que bajen las aguas. Enfrente de mí el nuevo océano
se ha formado uniendo al Xolotlán con el Cocibolca, llevando
en sus aguas a flotar todas las nuevas zonas residenciales,
los asentamientos, entre escombros, chatarra, y titulares. Los
cadáveres vienen flotando sobre el lodo. Arriba, en el
cielo, los vampiros diurnos, los zopilotes, vueltas alrededor
de sí mismos.
La radio
de baterías que tengo a mi lado reporta largos informes
de estática y señal inaudible. Parece que no ha
quedado ni una sola radio en pie, aunque desde aquí puedo
ver todas sus antenas sobresalir de las aguas como espigas de
plantas subacuáticas, siempre de franjas rojas y blancas.
Las laminas
de zinc en que me apoyo, ahora me doy cuenta, tienen un penetrante
olor a sarro. Con los huesos húmedos hasta el centro
mismo de mi médula, espero que un sol se abra paso entre
el cielo encapotado de gris y me ayude a sacarme todo este líquido
del cuerpo, deshidratarme. Pero eso no pasa y el olor del sarro
penetra en mí, pues ahora soy una esponja absorbiendo
ese aroma hacia mis adentros.
La línea
del horizonte esta pérdida. A lo lejos las aguas se convierten
en espejo del cielo, y las nubes reflejadas que siguen los vientos
que anuncian más torrenciales se encargan de confundir
a la vista. Ciento ochenta grados de curvatura sobre mi cabeza.
De horizonte a horizonte. Todo el universo asentado bajo la
simple y grande nube gris que lo cubre el caos todo.
En el cenit
un agujero entre las nubes da espacio a un rayo de luz. El calor
concentrado de toda la fuerza del sol baja por ese hilo de fotones
enfocado hacia mi soberano pedazo de techo. Tendido a mis anchas,
dejo que el vapor me abandone y suba como aire caliente, asándome
en el zinc caliente de un mediodía eterno. La columna
de aire que asciende me permite apreciar en el centro de la
luz, allá en medio de las nubes, como rodeado de ángeles,
espectros que en círculos alaban al centro del universo.
El sonido del zinc caliente, se me olvida cuál es ese
sonido, lo he perdido entre el viento de cantos angelicales
que bajan del cielo, la brisa del océano, es la gente
que pide ayuda en la llanura. Ángeles sentados conmigo
curándome las heridas. Los zopilotes.
Una gran
visión bajó del cielo, con cuatro brazos que agitados
a gran velocidad se mantenía suspendida como si colgará
de un gran lazo. Cuerpo voluminoso y hueco, y en su interior
seres con cráneos de acero y cruces rojas en el pecho
que colgaban como crías de marsupial con los cordones
umbilicales todavía fijos a su madre. El cuerpo hueco
tenía una cola giratoria para balancearse en el aire,
y con el movimiento de los brazos llamaba grandes vientos y
sonidos de golpes secos repetidos cientos de veces por segundo.
Los seres bajaron de su medio e intentaron cargarme. Su lenguaje
era incomprensible, sus pies de hule y caucho, el cuerpo cubierto
de telas blancas cubiertas de lodo. Con sus brazos persiguieron
a los ángeles y les doblaron los cuellos como si fueran
gallinas. Abandonado me dejé llevar dentro del ser voluminoso,
elevándome por los aires, con el océano que enterró
a Managua abajo, océano uniforme, perfecto, lodoso, cubierto
de nubes, lleno de cadáveres en su fondo. El infierno,
la perfección. Infierno. Pasteles. Y cielos de cielos,
infiernos de infiernos, pasteles de toda suerte. Sube helicóptero,
sube.
©
rodrigo peñalba franco
inundación
rodrigo
peñalba franco
[nicaragua, 1981] / literatosis.com