
Yo
siempre había creído en mi abuela. Ella no sólo
me había apoyado en la iniciativa, a espaldas de mis
padres, sino que había prometido escuchar el relato de
mi debut sexual para corregirme la actuación pero, qué
chiste pesado, me interrumpió mi mamá cuando aún
yo no había concretado nada. Estaba de pie, desnudo sobre
el colchón, moviendo mi flauta para el gran concierto
de esa noche, mi chica jugueteaba también, todo prometía,
pero mamá abrió la puerta de mi cuarto. Se puso
verde, después la vi amarilla y luego roja. Como un semáforo,
pensé. Quise ser natural y presentarle a Rocío.
Me llevaba dos años y era dueña de unas tetas
descomunales, pero Rocío me defraudó con una súbita
muestra de inmadurez: se escondió debajo de la sábana.
Parecía un fantasma descuidado y me dio por reír.
Una teta sobresalía de la sábana, columpiándose
al compás de su respiración agitada. Agarraba
tan fuertemente la sábana que yo no podía cubrir
mi parte más sobresaliente. Mamá gesticulaba nerviosa;
de semáforo pasó a ser veleta, daba la cara, daba
la espalda, daba la cara, se volvía, pero no decía
ni pío. Me costó entender que había ocurrido
algo en casa.
Después
me enteré que mi madre se había levantado para
tomar agua; siguiendo su ritual al beber agua de noche, en la
oscuridad, había mirado hacia el jardín y sus
ojos tropezaron con la sorpresa: la abuela. ¿La abuela?
¡La abuela! Tenía su balcón cuajado de claveles,
sus flores favoritas. La dulce viejita me robó el shou
cayéndose del balcón cuando estaba regando a deshora
sus claveles. La regadera reposaba cerca de ella, junto a una
de las macetas de claveles, y estaba desnuda, algo que mi padre
no le perdonará nunca: se veía el tatuaje que
se había hecho en las dos nalgas cuando los hippies batían
alas y gritos y mi abuela pensaba en cantar rock en la luna
y en tener sexo desenfrenado con gentiles extraterrestres generosamente
excitantes. El tatuaje era hermoso: una cara que reproducía
a mi abuela de joven, en los años 60, una cara cuya boca
adquiría expresiones en dependencia del bamboleo de cada
glúteo.
Todavía
papá tiene un tic por la vergüenza que sintió
por la exhibición del culo de la abuela. Pero tampoco
mi mamá iba a perdonarle a mi padre que estuviera en
el garage en brazos de la vecina nueva. Fue la tercera sorpresa
de la noche para mi mamá, que pensaba que papá
estaría trabajando en su estudio de abogado, la correcta
explicación para sus frecuentes y prolongadas ausencias
nocturnas.
Cuando salí
del cuarto, Rocío seguía jugando a los fantasmas
y mamá había recuperado el habla. Gritó
al caer de las escaleras. Y siguió gritando más
fuerte. Estaba histérica, más allá de que
le doliera la pierna fracturada. Gritaba como si la estuviesen
desollando: hablaba de la abuela, de los claveles y de mis bolas,
me pedía que me vistiera y telefoneara al estudio de
papá. Todo a los gritos, todo entremezclado. Había
otros gritos, inexplicablemente, Rocío se había
contagiado. Y yo también grité, para calmarme.
Por culpa
de nuestro desordenado comportamiento, mi padre salió
desnudo del garage, y detrás, envuelta en la manta que
mamá solía llevar a los picnis de cumpleaños,
apareció la vecina nueva, una pelirroja alta digna de
modelar para mascarón de proa y romper todos los océanos.
Hubo testigos, y mamá, aunque no vio nada de eso, se
enteró enseguida. Incluso, cuando la llevaban al hospital
no quiso irse hasta recuperar su apreciada manta. De la abuela
no se acordaba, gritaba por la pierna y por la manta, y no tuve
más remedio que arrancársela a la bicha.
Caray, qué
cosas tiene la vida. Yo siempre había creído en
mi abuela, hasta que murió. Desde entonces la enfoqué
distinto. No se trata de pasarle la cuenta porque no pude contarle
sobre mi debut, no, hablo de desengaño: mi abuela decía
que yo era su compinche, que a mí podía contármelo
todo. En reciprocidad, yo le contaba todo, hasta mis sueños
más locos. Era una mujer de experiencia, muy desenfadada,
y yo confiaba en su palabra. Pero no me habló del viejo
cartonero que metía en su dormitorio. La muy zorra. Eso
se lo guardó bien guardado. Se tragaba al viejo en silencio.
Dada la impetuosa juventud que vivió mi abuela, no creo
que el cartonero haya entrado por razones de trabajo. Pobre
viejo, dormía como un tronco, en cueros, sobre una cama
desordenada; había claveles entre las sábanas,
en el piso. No me fue fácil despertarlo. Creo que nunca
entendió lo sucedido aquella noche. Tampoco nunca supimos
su nombre. Se escapó en medio de la confusión.
Como hizo Rocío, y por eso le puse cruz y raya y desinflé
en mis sueños sus tetas. Me fui a tocar mi música
con la flaca Herminia, cuya boca era de una succión como
para estar colgada en el Louvre. Aún me pregunto si el
destino que mi abuela escribió al morirse es mejor que
aquel otro donde yo debutaba con Rocío, la abuela chingaba
en secreto, como papá, y mamá tomaba en paz su
vaso de agua, ignorando los temblores que ocultaba la casa.
Y todos felices, normales, perfectos.
Mamá,
con el tiempo, tras asistir a varios grupos de reflexión,
se enamoró de la vecina amante de mi padre. Desengañada
del flojo de mi padre y de los hombres, en general, la pelirroja
correspondió a su pasión; hoy viven en un pequeño
pueblo, dedicadas a la cerámica ecológica. Papá
colgó el título de abogado para fundar la Iglesia
de la Brújula de Jehová, que demoniza a los cartoneros
como los mensajeros del Mal pero no se preocupa por solucionar
el problema de la pobreza. A mi abuela nadie le lleva flores
al cementerio. Sus famosos claveles se secaron. De aquella noche,
a mí me ha quedado la costumbre de dormir con la vieja
manta de los cumpleaños debajo de la almohada, aunque
el verano pegue fuerte. De todos modos, duermo como un plomo
y siempre desnudo.
Sigo viviendo
en la vieja casa, y aún estoy sin debutar. Mi analista
le echa la culpa a la persistencia de aquella teta de Rocío
colgando fuera de la sábana. Yo invento sueños
para que el tipo no se quiebre por tanto fracaso. He descubierto
que lo excita hablarle de que sueño con tetas combinadas
con claveles, tatuajes y una manta. A veces me pregunto si el
analista no terminará enamorándose de mí.
Bah, para lo que importa.
©
rosa elvira peláez
la
pérdida de la perfección
rosa
elvira peláez
[cuba, 1956] / LOS NOVELES
/ wemilere de las
letras