
Como
en alguna otra ocasión, ese día deseó acicalarse,
como una pava, y salir a buscar por las discos de moda al guapo
que la quisiera. Le dieron ganas cuando, ya en el restaurante,
levantó la cara, eso sí, sin quitarse el sombrero,
y vio a aquellos jóvenes de buena clase que tomaban con
la mano del reloj la salsera para aderezar el salmón
así, sin el servilismo de la cucharilla.
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Telefoneó
a su amante número siete. Horas antes había simulado
un dolor de estómago con tal de no despedirlo con arrumacos.
Después de varios meses, el amante número siete
se duchaba en casa, y le pedía que le frotara la espalda.
Estuvo huraña. Él se secó con la clásica
toalla de los amantes, una para todos. Anda en el toallero,
a veces húmeda.
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"Esta carta no es para ti, aunque pronto la leerás:
la cara se me ha plagado de granos, y eso me obliga a salir
a la calle con un sombrero negro de ala ancha; no hago más
que quitarme pelos de las cejas y no estoy embarazada, pero
la regla no vino. Lloro a deshoras y sin fundamentos, ahogué
en lágrimas a mi hermana mientras almorzábamos
en aquel restaurante que, ¿te acuerdas? una vez encontramos
cerrado porque ampliaban el aseo de señoras. Aplico otra
vez la estrategia del ñandú. Tengo sueño.
Me harté de cereales mientras escribía el esquema
de mi próxima intervención pública. Es
absurdo, ese esquema es absurdo."
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La música será la peor. Apestará a tabaco,
vacilará a las pavas. De nuevo ese olor, a pescado podrido.
Avisa de la etapa negra. La última vez, su hermana miró
debajo del armario para asegurarse de que no había ningún
bicho muerto. Sólo las tristes saben que así sólo
pueden oler dos cosas: el vientre corrupto o las circunstancias.
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Aquella
noche no buscó entre las gentes. No regresó ningún
amante. No escribió la carta. No terminó el esquema.
No se disculpó ante su hermana. Eso no son cosas de avestruces.
©
carmen camacho
ñandú
carmen
camacho [españa,
1976] / carmencamacho.net