
Dos días antes de partir, Soraya le pidió a Miranda que reuniera a todas sus hijas y las trajera a su habitación. Miranda escuchó el pedido atentamente y no demoró en convocar a las cinco niñas y dejarlas a solas con su abuela. Por ese entonces, Soraya ya solo vivía postrada y debió recibir a sus nietas sin estar segura de sus nombres ni de las líneas que resolvían sus rostros. Cuando al fin las tuvo a su lado, les pidió atención y pasó a contarles una historia que ellas también debían narrar a sus nietas llegado el momento. Era un cuento largo hecho corto que discurría acerca de una mujer que nunca tuvo un centavo en el bolsillo y que limpiaba hospedajes para sobrevivir.
La boda de Miranda se realizó en la capital del país de donde era oriundo Rico Tony. Soraya se encargó personalmente de que la unión se celebrará en la catedral de la ciudad y no en cualquier iglesia, pues, según ella, casarse en un edificio con tres entradas aseguraba una mayor exposición para la carne. A Rico Tony le pareció una idea estupenda y, sumándose a los esfuerzos de Soraya, contrató a un cineasta con muchas credenciales para que filmara el casamiento y produjera una película que luego se exhibiría en todo el globo. Asimismo, trajo no uno ni dos sino tres reconocidos maestros de ceremonias e hizo que todas sus televisoras transmitieran en vivo y en directo el evento que ya había sido catalogado por muchos diarios y revistas como el más grande del año.
El interés de Rico Tony por formar una sociedad con las dueñas de Los Cuartos Rojos surgió después de probar la carne que Soraya e Hija comerciaban en uno de sus campos naturistas. La comunión de flora, carne y luz escarlata le pareció irresistible y sumamente audaz. En su opinión, solo una mente brillante podía ser capaz de idear una empresa tan hecha a su medida. En un abrir y cerrar de ojos, Rico Tony puso a trabajar sus neuronas de negociante e imaginó cuartos rojos en los vagones de primera clase de sus supertrenes, añadidos a las cabañas de sus clubes campestres, en sus trasatlánticos y, por supuesto, en los restrooms de sus restaurantes de comida rápida. Con mucho entusiasmo, Rico Tony canceló el resto de sus vacaciones y volvió a la torre de ciento veinte pisos desde donde controlaba su universo empresarial. Allí, en sesión extraordinaria, les comunicó a sus directivos la nueva meta del Grupo Rico Tony y ordenó que hicieran las llamadas pertinentes para que el hombre más acaudalado del hemisferio y la carne más suculenta llegaran a un acuerdo.
Tras la quiebra de la competencia desleal, Soraya y Miranda tomaron posesión de la carne sobrante y crearon la segunda sucursal de su naciente cadena de carnicerías en el cono sur de la ciudad. La casa que escogieron contaba con quince habitaciones y en el pasado había sido utilizada como convento por una secta religiosa. Aunque fue necesario derrumbar algunas paredes y restaurar la totalidad de los cuartos y servicios higiénicos, la carnicería estuvo operativa en tiempo récord y pronto empezó a satisfacer la demanda de cientos de compradores de la zona que sabían de la calidad de la carne que Soraya e Hija trataban. Los Cuartos Rojos, como se denominó a la cadena, comenzaban de ese modo a multiplicarse a lo largo y ancho, y sus rótulos escarlatas a formar parte del paisaje urbano de todos los días.
Poco a poco, la carne de Miranda pasó de ser un producto exclusivo a ser uno masificado. Gracias a la propaganda que hizo El Chino los compradores comenzaron a llegar de diez en diez y luego de veinte en veinte. Fue necesario que Soraya implantara un régimen de compras pactadas con antelación para poder sofocar la demanda. Todo el mundo moría por degustar la nueva carne del expendio y había llegado la hora de recuperar el tiempo perdido. Por esa razón Soraya, que por entonces ya había probado lo peor de la vida gracias a la podredumbre en la que se había desenvuelto, aleccionó a Miranda para que siempre cobrara lo justo y no se dejara timar por los clientes. Era indispensable que ella tomase conciencia del poder que su filete ejercía sobre los hombres y que supiese explotar su carne para el beneficio de la empresa.
Un día El Chino llegó a la carnicería babeando y con la lengua de un lobo hambriento. Quería consumir a como diera lugar. Miranda le dijo que su madre había clausurado el negocio y que ahora se dedicaba a limpiar hospedajes, pero El Chino no quería entender de fluctuaciones en el mercado ni de competencia desleal. Él únicamente deseaba comprar un poco de carne porque llevaba tres días con la esposa enferma y la otra carnicería estaba atestada de clientes. Miranda le dijo que si gustaba, podía esperar a su madre en el Cuarto Rojo, pero también le subrayó que Soraya se iba a demorar al menos un par de horas y que no había garantía de que quisiera hacer negocios. El Chino, a punto de desvanecerse, se hartó de escuchar lo que para él no eran más que ardides de comerciante y alegó enseguida que no había venido por la vieja sino por ella, y que estaba dispuesto a desembolsar el costo de una semana de carne al contado. Miranda, a sus once años, nunca había visto juntos tantos billetes con el rostro del libertador.
El mismo día que Miranda cumplió los once años Soraya cumplió cincuenta. A pesar de que llevaba más de una década dedicándose a la venta de la carne, Soraya seguía viviendo prácticamente en las mismas condiciones que antes de abrir el comercio. Para variar, su carne se había vuelto menos apetecible y la clientela escaseaba. Antes de quemarse con ella, muchos preferían cocinarse a fuego lento con sus esposas o probar el filete de un nuevo establecimiento recientemente introducido en el barrio. Soraya, al tanto de esta situación, optó por reducir sus precios y ofertar los miércoles, jueves y domingos, pero poco a poco se fue quedando sin compradores. La carne de la competencia la estaba arruinando. Un buen día, Miranda le preguntó a su madre por qué ya nadie les compraba y Soraya solo atinó a llorar.
Soraya comenzó vendiendo su carne cerca de una base militar durante los fines de semana. Lo hacía en un hostal cercano desde entrada la tarde hasta las primeras horas del día siguiente. Sus compradores eran casi todos cadetes, pero de vez en cuando recibía oficiales y algunos transeúntes. Ella prefería a los recién ingresados porque no le causaban disgustos y evacuaban con suma rapidez, pero aborrecía comerciar con los oficiales. Cuando se daba el caso, Soraya debía lidiar con hombres más pesados y mañosos, y tragarse sin asco sus agravios verbales. Muchos de ellos le reclamaban mayor elasticidad en las piernas y un busto menos laso que el que tenía. Soraya aguantó por una temporada, pero luego de ocho meses abasteciendo a los de la base militar, se fastidió y terminó mudando el expendio a la segunda planta de su casa. Su cuarto, motivado por el color rojo, contaba con ropa de cama, cortinas y alfombras de esa tonalidad, y con una lámpara en forma de cáliz de la que emanaba una luz escarlata. De la puerta colgaba un cartel que decía: Entra y quémate conmigo.
A Soraya se le ocurrió el negocio de la venta de carne una noche cuando volvía de limpiar el piso de un hospedaje. El ómnibus en el que viajaba paró de improviso en una esquina y dejó subir a una negra de caderas muy amplias que se sentó a su costado. Como por arte de magia, Soraya quedó cautivada con su prestancia empresarial. Llevaba el cabello suelto, rouge en las mejillas, tacones altos y vestía sus piernas con medias de seda. Ella jamás había visto alguien tan bien auspiciada e intuyó que esa mujer seguramente ganaba en una noche lo que ella colectaba en varios meses. Soraya confirmó todas sus suposiciones en el momento en que la negra abrió su bolso para pagar por su pasaje. Casi se le tuercen los ojos al ver tanto dinero. Sin perder el tiempo, anotó todo lo que vio en un cuadernillo, y decidió que a fuerza de vender su carne ella también gozaría de muchos billetes azulados con el rostro del libertador
© salvador luis
los
cuartos rojos
salvador
luis [perú, 1978]
/ LOS NOVELES / salvadorluis.net