
de
fábula
Él
era como los príncipes de los cuentos de hadas: todo
le causaba sorpresa.
la manzana
Blancanieves
clavó sus dientes en la fruta y, a diferencia de lo que
se esperaba, no cayó al suelo fulminada por la muerte,
sino que, por el contrario, sintió en su mente un hervor
en el que se mezclaron todo tipo de ideas pecaminosas. Y es
que, en una inusitada equivocación, la bruja mala le
había hecho entrega de una manzana del árbol prohibido
(sí, el de la serpiente, el mismo bajo el que Newton
descansara al momento de idear su compleja teoría).
soliloquio del lobo (a
Yolanda Pantin)
¡Oh,
Dios!, cómo duele esta niña entre mis fauces.
confesiones de un inglés
fumador de opio
-Y entonces
bebí de la botella y me hice pequeña, y luego
mordí la tarta y me hice grande, y después comí
del seto y volví a encogerme, y...
-Niña, niña, espera... Puedes creerme -dijo la
oruga a Alicia-, tú no has visto nada.
aunque es poco
Es bien
sabido que cuando un joven vampiro se encuentra en el proceso
de mudar su dentición se conforma con sorber los efluvios
menstruales de alguna doncella pueblerina, inocente y trasnochada.
el
señor silver
El señor
Silver tenía la desagradable costumbre de no pagar sus
deudas. Esta estrategia, levantada sobre la desdicha de otros,
le permitió amasar una inmensa fortuna. Sus coléricos
acreedores no dejaban de acosarlo haciendo permanentes procesiones
a las puertas de su negocio, por lo que el señor Silver,
cuya astucia era ya legendaria, para burlar el asedio desarrolló
la extraordinaria capacidad de pararse en medio de la calzada
y convertirse en árbol. Era tan bueno el truco, que ni
siquiera los más avispados y perspicaces lograron descubrir
el ardid. Pero el señor Silver era ya un hombre de edad
avanzada y su memoria se hacía cada vez más deficiente.
Y un buen día, no pudiendo recordar cómo hacer
para transformarse de nuevo en el señor Silver, hubo
de permanecer muy quieto sobre la calzada, forzado para siempre
a ser un árbol. Pero era un árbol que hasta los
pájaros evitaban, daba poca sombra y era mezquino con
la fruta. Después de un tiempo, ni siquiera los perros
se le acercaban para orinar.
de fábula (y
II)
Ella era
como la princesa de los cuentos de hadas: se creía todo
lo que le contaban.
©
rigoberto rodríguez
algunos
minicuentos infantiles
rigoberto
rodríguez [venezuela,
1960]