
Sudor.
Sudaba.
Necesitaba salir de ahí. Mi esposa dormía plácidamente
y el calor se hacía insoportable: una noche abrasadora
en una ciudad fría, marmórea
como para un
cuento distante
trópico
de cáncer
antípodas.
Entré
en el cuarto de baño. Hice girar la llave y el chorro
de agua me golpeó el rostro. Era agua hirviente, un géiser,
provocó mi caída y el cuerpo ardiendo en la ducha.
No sé cómo: mi mano despellejada con el resto
de fuerzas se alzó entre mis gritos lastimeros y luego
se acabó: ardido sobre las mayólicas.
La piel
me colgaba cuando me miré en el espejo del botiquín.
Uno de mis ojos no quería abrirse. Me parecía
a un tuerto: la mitad de un ciego. Parecía un tuerto
mirándose en el espejo y estático permanecí
por unos cuantos minutos.
Salí
del baño con dirección a la cocina. En la cocina
el suelo caliente me quemó los pies. Brasas. Por todos
lados. Salté cuanto pude abriendo la nevera, busqué
hielos, agua fría: pero dentro de la refrigeradora un
astro rey: Inti, Ra, Kin Ahau, Wotan, Tonatiuh.
Pensé
en volver a la sala de estar, en ver un poco de televisión
recostado en el sillón. Fui a sentarme y el control remoto
ardía en flamas azuladas: en la pantalla tan sólo
un incendio
imperecedero: el calor en mi rostro y mis
labios derritiéndose mientras trataba de vocalizar mis
penas
infructuosamente
la piel como miel goteando:
calvo palpé mi cabeza y era sólo una esfera incendiada.
Fue entonces
cuando volví a escuchar los gritos: niños. Venían
desde el parque. Me incorporé raudo como si fuera la
última vez que los tuviera tan cerca. La mampara que
daba al balcón que miraba al parque. Toqué la
puerta de cristal: los niños jugando a las escondidas.
Mi esposa
estaba detrás de mí. No la escuché acercarse.
Ahí estaban sus piernas, su tronco, su cabeza y brazos.
Me hablaba como una sonámbula habla:
- Hace frío.
- No, qué va, la ciudad está en ebullición.
Me he derretido, ¿sabes? Mira cómo estoy.
- No quiero verte. No tengo ganas ahora, siento frío.
¿Abriste las ventanas? ¿Por qué tienes
esa manía de dejar todo abierto de par en par?
- Aquí no hace frío. Tal vez en el parque sí.
- ¿Crees que haga calor afuera? Yo tengo mucho frío
aquí dentro.
- Algunos de los niños no llevan camisetas. Quizás.
- Debe hacer calor, entonces. ¿Y el resto de niños?
¿Están cubiertos?
- Sí, abrigados y hasta con guantes. Espera, creo que
una parte del jardín está congelada.
- ¿Qué día es hoy? ¿Hoy venían
los niños?
- Es miércoles.
- Pensé que los niños no aparecían los
miércoles. ¿Estás seguro que hoy es miércoles?
- Hoy es día de niños. Pero no comprendo el calor.
Siempre ha sucedido en día domingo, jamás un miércoles.
- Yo tampoco esperaba este frío.
- ¿Algo más habrá cambiado? Mañana
es día de banquete, a la orilla. Tú mueres ahogada.
- Lo sé. Pensaba ponerme el vestido negro, el de escote.
- Una ahogada sensual.
- Sí.
- Yo iba a vestirme igual que siempre, pero tal vez me anime
y haga un cambio. Tengo la corazonada de que es el momento.
- ¿Y los obreros construirán esa torre junto a
la orilla? ¿La que siempre construyen en la playa?
- No lo sé. Tal vez no volvamos a encontrarlos. Creo
que estamos moviéndonos, ¿sabes? Tal vez ya estemos
salvados.
- A lo mejor. ¿Quién lo sabe a ciencia cierta?
Quizá sea sólo un sueño.
©
salvador luis
la
aurora
salvador
luis [perú, 1978]
/ LOS NOVELES / salvadorluis.net