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Bárbara

Bárbara estaba lista, colgada de un poste por unas cadenas, ya momificada y con unas cintas plásticas que envolvían su cuerpo. Los deseos sobre alpaca boliviana se planchan: un cuento de violación y despedida. Bárbara está bebiendo en un vaso de plástico su orina amarilla; ungüento para la matriz. (No sabe) si es el techo que sube, o el cielo que baja durante largas horas ávidas. Llega el momento de la soga, hay que izar la bandera, absorber la quemazón de una vela. Los implantes de plástico chasquean con la fusta, parecen del color del cuerpo de un caballo. Los encastres con tubos: frambuesa, limón ácido, que turba la visión. Las palabras cortadas, humo que encapsulara ambientes de avidez por lo árido: una inicial de su amo en las nalgas. La momificación de Bárbara es completa. La alumbran con linternas desde un panel en blanco, se ayudan con los moldes de unos miembros para penetrar el cuerpo. La película corre en la cámara con un sonido seco, adormecedor. Detrás un departamento común, muebles comunes, cocina común, salvo por un póster de la Comuna. Unas tijeras esperan por un corte de pelo. Se pulirá un tinglado como quería Groisman, con mechas de chicas pintadas en un tono de hierro. Bárbara es arrastrada como un perro de la triple X. Ella sabe que la momificación tardara horas, meses incluso, escarbando con el cepillo, para encontrar en lo negro una nariz. Ahora quieren poses de dominación bajo el agua. Ella nadará acentuando sus músculos en las tomas sombrías. Después gustará horas acostada sobre el césped, con un No caliente grabado en su sexo triangular.


Natalia

Natalia era tranquila, sensual, adoraba que el viejo Makie la azotara con el látigo, encadenada y colgando, de unos parantes que habían colocado en el cielo raso.
Con correas ajustándole las articulaciones y algún toque de estrangulamiento, para después jugar a la muertita, tirada sobre la alfombra, desnuda, con una bolsa de plástico cubriéndole la cabeza (violeta). Era graciosa, siempre Mackie le contaba chistes al trabajarle las nalgas con una vara, apretaba con ligaduras sus pechos, mientras Natalia se veía en un espejo engullendo el pene del viejo. Con alfileres de gancho traspasaba sus pezones ella misma, colgando de cadenas pequeñas plomadas, o con anillos cerraba los labios de la vulva, que durante la penetración la volvían más estrecha.


Cecilia

El viento humeante silva sobre el capuchón hermético de Cecilia. Abrimos sus piernas para ver el sexo rosa, las marcas que abrazarían la piel. Ella reía, movía la cabeza echando miradas ansiosas, los brazos mecánicos separando los muslos; ayudando en la introducción de la aguja. Se arqueaba, y sus ojos quedaban en blanco: tanta era la droga que ingirió. Rotulada de arroz en una lluvia fina, que cubría los pasos, las marcas de las huellas en el caserón plateado. Ya bien azotada y desvanecida la llevamos a su cuarto, una sonrisa trémula cubría su rostro, como una mariposa queriendo despegar. Ahora era el momento de dejarla descansar, después de días girando en el potro, la capucha cuadrada se adaptaría a las formas de su cráneo y el sonido de las anillas arrastrándose en el suelo sería la música de su singular capilla.


La arena

Las cadenas de trineo golpeaban las paredes toda la noche; era el sonido del viento imitando el ruido de los cascos en el piso de combate. Se colocaba a dos jovencitas: no debían tener más de 14 años. Se las proveía de unos palos afilados con punteras de plata. Las jóvenes estimuladas con excitantes debían apuntar al cuerpo de su oponente asentándole con sus lanzas desgarros en las prendas. Inútil es decir que lo único que rasgaban eran sus propios cuerpos por donde salía sangre a lo loco. Muchas veces después del jolgorio general donde se hacían apuestas y se alentaba desaforadamente a cualquier bando por igual, teníamos que pasar la noche tras los vidrios blancos de la enfermería, que habíamos instalado en el corredor del piso donde quedaba esta singular arena de combate, mientras el personal aplicaba torniquetes a las gladiadoras que en silencio disfrutaban los ecos que la batalla despertaba en nosotros.


Enumeración de un letargo

Los cepos; las trabas; los otros; el miedo; las muecas forzadas; los aplastamientos; los caños; el vinilo; las prendas símilpiel; las agujas de acero quirúrgico; las máscaras; las garras de oso; los desgarros de la piel delicada del sexo; las laminas que reflejan el vacío; las películas de esclavos que parecen terminar con una muerte; los chapones que se usan para cubrir el torso; los moldes de ceniza y los tubos de ácido; los encastres con yemas; las prótesis brillantes de lubricante; la saliva ácida que segrega el felador; los relieves terrosos que se hunden con la mano que los frota; las reglas que modifican la postura; los espejos; las marcas que quedan en la piel.


Carlos

También estaba Carlos, un joven homosexual pasivo. Entre la hierba húmeda se acostaba al anochecer, mientras los hombres que iban a penetrarlo se tendían sobre él como en un puente. Era extremadamente elástico, una especie de acróbata sexual, podía aguantar un brazo entero introducido en su ano sin quejarse. Después de practicar extensas mamadas, le encantaba tragarse la leche. El mejor alimento, decía, mientras litros de guasca pasaban a su estomago, haciéndole un interior comestible que duraba. Cuando cogía ponía los ojos como los de un santo en el martirio, con la columna arqueada en las posturas que imitaba de las revistas francesas. A él le gustaba quedarse quieto como si estuviese muerto, y disfrutaba pensando que era la victima de una violación en cadena como las que ocurren siempre en las prisiones.


Unas anotaciones

Sobre el libro que se erige en fondo y contratecho de un asalto: emprendían carreras de caballos con las jóvenes sirviendo de montura. El alba lánguida, o el sol al esfumarse servían de lámpara a esta sutil rutina. En fin, las chicas así cumplían con su adiestramiento, y todo resultaba ameno, las pieles se ponían sedosas, y los sexos enrojecidos pintaban alfabetos de sangre y orina. En ese abandono las que lograban los primeros puestos en las carreras, ganaban terrones de azúcar que saboreaban largamente, los ojos lacios, se perdían en las arboledas de pinos y en la alta cerca que preservaba el dominio de la casa sobre el mundo exterior. Con tatuajes de cebras que el sebo líquido imprimía, se abandonaban sobre sus camas, acostándose juntas por una protección natural, lamían las heridas de las más frágiles, creando así un espiral sobre el círculo cerrado de sus juegos de esclavitud.


© francisco garamona

 

la momificación de bárbara

francisco garamona [argentina, 1976]

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