
No sé todavía si el tiburón que ha llegado a mi patio muerde. A simple vista se asemeja a la mayoría de tiburones que he observado en las enciclopedias y en la televisión, pero supongo –quiero creer, mejor dicho– que este no es solamente un tiburón errabundo sino también un animal especial. Debe de serlo, pues no parece necesitar agua salada para subsistir. Hasta el día de hoy, en mi patio tan sólo había unas cuantas macetas y una pelota de fútbol que un ropavejero me cambió por una antigua jaula.
La escasez en el patio parece no inquietarle, al contrario, el tiburón sigue tendido en el suelo. De vez en cuando lo he visto cerrar los ojos. Sé que los tiburones sólo los cubren cuando están a punto de dar un bocado, pero este aún no ha separado sus mandíbulas para ello. En realidad, cuando lo veo amodorrarse, suelo imaginar que va a tomar una siesta. Estoy bastante familiarizado con ellas, ya que suelo tomar siestas a diario. Las he convertido en parte primordial de mi medición del tiempo. Usualmente mis días se dividen en dos fracciones marcadas: antes y después de la siesta. La primera vez que vi al tiburón en el patio acababa de despertar de una. Me pellizqué el brazo, desde luego, pues deseaba garantizarme no estar soñando.
La jaula que le cambié al ropavejero pertenecía originalmente a mi tía Mara. Ella era una mujer de dedos largos y voz grave, cuidaba de su hermana Carlota, y cuando mis padres murieron en un accidente aéreo, también se ocupó de mí. En esa época yo tenía nueve años y Carlota sufría de un trastorno neurológico que la acompañaría hasta la muerte. No podía hablar ni comer por sí misma, tampoco reía. Únicamente orinaba postrada babeando su pijama blanco sin siquiera proponérselo. A veces tía Mara me sentaba al lado de Carlota para velar por su saliva. Armado con un paño de algodón y paciencia infantil, yo cumplía al pie de la letra sus órdenes mientras ella le daba alpiste a su canario de Harz.
Nunca supe a ciencia cierta si tía Carlota podía escucharme desde su mundo inaccesible, pero cuando pasaba el paño por su mentón y las comisuras de sus labios, le tarareaba un villancico que me había enseñado Mamá. En ocasiones, aunque es posible que solamente haya sido un poco de entusiasmo de mi parte, me daba la sensación de que los ojos de Carlota recuperaban un viso que debieron haber tenido años antes, en la época en que no babeaba su pijama y abría y cerraba la boca para cantar.
fragmentos
de el tiburón muerde
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salvador luis
salvador
luis [ perú, 1978 ] losnoveles.net
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