
José
estaba solo. Levantado a la orilla de la cama podía alcanzar
cualquier punto de su apartamento y volver a la cama en menos de
treinta pasos. La ausencia de muebles acortaba el camino. El techo
de zinc amplificaba la radiación solar hacia el interior
del cuarto de alquiler convirtiéndolo en un urbano horno
de microondas. El servicio de agua estaba cortado por acumulación
de facturas en la puerta del refrigerador, elefante blanco que competía
con el televisor negro para ver quién aportaba más
consumo a la cuenta de electricidad. El primero no contenía
nada para comer y el segundo no ofrecía nada para ver. Los
infalibles discos viejos de la Sonora Dinamita con Wilfredo Vargas,
cortesía del vecino del andén contiguo, daban a entender
a toda la calle que hoy era un día para aburrirse en casa.
En la calle los vendedores de periódicos pasarían
con las últimas noticias y mejores fotografías de
la guerra. Los niños saldrían de sus casas como a
las once a buscar la ración diaria de Coca-Cola para el almuerzo.
El sonido distorsionado de campanas stereo grabado en una vieja
cinta de casete amplificada por un equipo Sony de finales de los
ochenta llevado por el viento anunciaría la misa en la iglesia
católica de la comunidad. Las iglesias evangélicas
harían el mismo llamado con un set de batería programado
en un órgano Roland o Yamaha. Primera Iglesia Pentecostal,
x versículo, x capítulo, x libro de la Biblia. Primera
iglesia Regocijo del Señor, x versículo, x capítulo,
x libro de la Biblia. Primera iglesia Nazarena, x versículo,
x capítulo, x libro de la Biblia. Los trajes domingueros,
la camisa blanca manga larga, el pantalón negro, los zapatos
de cuero, los trajes de señora, esos que a la legua parecen
uniformes de profesora de primaria, o esos sacos estilo blazer encajados
sobre una blusa Tommy Hilfiger de imitación, acompañados
de pantalones de mezclilla y sandalias de tacón de altura
media. Todas estas personas van al servicio religioso. Salen de
sus casas de paredes con pintas políticas pro PLC, pro FSLN,
pro lo que sea. Las mentiras en que creen. Mañanas domingueras
de radio Majic sintonizada, especial de música ochentera.
Like a virgin, touched for the very first time. José estaba
solo. Los disfraces del sábado en la noche, el celular sin
minutos, la colonia regateada de semáforo, las líneas
de enganche improvisadas en la barra libre de una fiesta de anoche.
Las amebas alborotadas por la goma cervecera. El Amatl, el Chaplin,
el Lobo Jack, el Pantera Rosa, la Tortuga Morada. El teléfono
que no suena. El cheque que no llega. La liquidación que
no acaba. La venta que no se cierra. El día que no se acaba.
El disco que se raya. La deuda que no termina. El arroz que se quema.
La llamada que no regresa. La persona que no perdona. El idiota.
La espera por una lluvia de aviones y misiles terroristas que nunca
terminan de ser amenazas para convertirse en hechos concretos. Un
mar de fuego sobre occidente, la soberanía nuclear de las
naciones. El pequeño ejercito loco. La tumba del guerrillero
dónde dónde dónde está… Nicaragua
poblada de Okupas comunistas catalanes. Carlos Marx, un barrio de
Managua. Pablo Antonio Cuadra, un colegio de primaria frente al
Holiday Inn. Juan Pablo II, un bulevar. La Plaza de la Fe, centro
de reunión de evangélicos. Augusto C. Sandino, un
hombre de metal en Tiscapa. José estaba solo. Suena el teléfono.
Todo podrá resolverse, si José decide contestar. ¿Aló?
José
estaba solo. En la cima de la montaña nadie lo podría
escuchar. Abajo el mundo, inundado. Corrientes de lava lo cubrían.
Las nubes de cenizas y la lluvia ácida creaban un hermoso
filtro rojo para los rayos de un sol gris que se agarraba del horizonte
para no caer por el otro lado. Cielo magenta celeste cerúleo
amarillo naranja púrpura negro, con dos estrellas por el
oeste. Ángeles y demonios del holocausto se comían
unos a otros en los valles. La cosmopolita petrópolis de
asfalto, petróleo y caucho, se ha convertido abandonada urbe,
vana ubre de vida, mezanine del infierno. José estaba solo.
Un ave de carroña haciendo círculos por el cielo carga
con una lanza, y en la punta de la lanza cuelgan los restos de un
cadáver, y en la cabeza del ave como casco el cráneo
del cadáver. El ave de rapiña pretende ser humana,
o ¿es humano que pretende ser ave de rapiña? En la
cima de la montaña el viento exhala dióxido de carbono.
José estaba solo. Ha llegado el ave de rapiña al costado
de José, y con la lanza le atraviesa de lado a lado. José
despierta de pie a la cama, a treinta pasos de cualquier punto de
su apartamento. José estaba solo. Los libros desarreglados
en el estante, los discos compactos por el suelo, el sueño
en el ropero colgando de perchas junto al uniforme de la gasolinera.
TOXICO, la estrella en tu camino. Insumos para cócteles molotov
es lo que vende, lubricantes y otros derivados. El teléfono
suena, pero nadie habla del otro lado de la línea. José
cuelga.
Domingo
de Ramos. Charlton Heston lleva a los judíos por en medio
del Mar Rojo y los diez mandamientos ganan un Oscar por mejores
efectos especiales. Las señoras de edad llevan a sus casas
las cruces de palma a colgarlas de su pared de recuerdos, fotografías
y momentos Kodak. José abre la ventana para dejar correr
el aire, pero el dióxido de carbono inunda todo el cuarto.
José trata de cerrarla lo más rápido posible,
pero ya el cuarto se ha llenado de gas venenoso. José cae
al suelo convulsionando mientras el ave de rapiña ha podido
colarse como sombra, sosteniendo la lanza en dirección al
costado de José y la mirada clavada en la figura humana que
se retuerce suplicando clemencia para no ser aplastada, la mirada
de dos ojos rojos encendidos detrás de las cavidades oculares
del cráneo que usa como casco.
josé
©
rodrigo peñalba franco
rodrigo
peñalba franco [ nicaragua, 1981 ]
marcaacme.com
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