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Que
haya escritores en esto de la literatura ha sido siempre un problema
para la Vida. Eternamente ridícula, los ojos de los creadores
miran más allá. Unos no ven nada, otros saludan al
absurdo y se ríen de ella, y los dolientes, recordando a
Schubert, se preguntan si alguna vez alguien ha escuchado una música
alegre, porque ellos no.
La
primera vez que vi un suicida bien visto, fue en la azotea del piso
de mis abuelos, allá por Navidades. Yo estaba con mis letras
y mis drogas bien ordenaditas y él vino, me miró con
desprecio y me dio una nota. “¿Ha estado en Montecarlo
alguna vez?”, preguntó. Me dejó con la respuesta
en la boca. El tipo era escritor y no era Hemingway.
Y es que, vaya a saber por qué, todos los que suman palabras
y restan adjetivos están locos de atar; unos suicidas, lo
que yo le diga. ¿A quién se le ocurre escribir en
estos tiempos? Dicen que Camus dijo que el suicida ignora que va
a suicidarse, es decir, que el acto viene naciendo en el corazón
de forma silenciosa, como una obra de arte. Y un buen (mal) día...
Hay muchos; los mejores, los melancólicos.
Alejandra
Pizarnik, ante todo Pizarnik, la musa de los cuerpos blancos con
chaquetones largos y mirada perdida, en algún lugar de Buenos
Aires, “pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan”…
Pavese, con su bello verano en los bolsillos de los pantalones de
pana, en una habitación del Hotel Roma de Turín durmiendo
el premio literario por su libro con una señora de aspecto
un tanto frío… Keats, escribiendo “la Melancolía
convive con la Belleza –la Belleza que debe morir-, y con
la Alegría, que no cesa de llevarse las manos a los labios
para decir adiós”, y esperando con un té a que
Julio Cortázar le escriba un libro… Storni (Alfonsina),
caminando hacia un mar gris con el verso “un rayo a tiempo
y se acabó la feria” rebotando en su cabecita azul…
Y cómo no, Arthur Rimbaud (suicida, snob y traficante a los
diecinueve) y Silvia Plath agarrados de la boca y mirando desde
su mesa lejana cómo Pizarnik y Pavese entran del brazo en
el bar donde ellos esperan; sorprendiendo a Keats y a Storni intercambiándose
en la mesa del fondo miradas hiperbólicas, sonrisas de metáfora;
pidiendo un vino picado al mesonero para compartir entre tres de
dos.
Hay
muchos; los mejores, los que lo intentaron y no lo consiguieron.
Maupassant,
el más francés. Estaba en su habitación una
noche, y según cuenta Vila-Matas (¡levántese
del sillón! Es el gran Vila-Matas, ¿no lo ve?) en
su Bartleby y compañía, intenta cerciorarse
de su inmortalidad, y va y se pega un tiro en la cabeza. Su mayordomo
corre a la habitación y encuentra a Maupassant riéndose
de la inmortalidad y apoyando el cañón de la pistola
en la sien, apretando de nuevo el gatillo. Maupassant no morirá,
dejará de escribir (es lo mismo) e intentará abrirse
la garganta con un cortaplumas de metal, sólo una ligera
herida…A partir de aquí, el internado en una clínica,
los ataques de violencia y los desayunos puntuales, a las ocho y
cuarto, con su amigo El Horla.
¿Las
causas? ¿De qué? ¿De la escritura o del suicidio?
Le tenía que haber preguntado al tipo de la azotea. No me
dio tiempo. Él y su nota estúpida. Hay quien cree
que la justificación del acto está en la soledad,
en la ambición de independencia del individuo en la sociedad,
en el (des)amor, en el derrumbe de la confianza de uno, en la negación
de la escritura, en la aspiración a volverse alguien para
el otro, en el fracaso, desprecio, deseo, en la televisión
basura… ¿A quién le importa?
Y viene a mi mente un muchacho especial, ¿cómo era?
Ka… Kafka. ¡Este sí que fue El suicida! ¿Acaso
alguien se estrelló con tanta ansia contra el papel en blanco?
Todo un kamikaze. Ya veo su pluma, grabada con cucarachitas, remontar
todos los cielos y caer sin compasión en el inicio de una
frase que alarga hasta hacerla metamorfosear en chiste. La llena
hasta los huesos de comas, subordinadas, austeridad y grises irónicos.
Todo para que el lector se ahogue leyendo, pensando en ese invento
tan tonto que es la vida. Lo de siempre, vamos: que los cómicos
siempre fueron los mejores suicidas…
Pese
a todo, en la vida no debe pesar nada. Y yo sigo con mis vicios
bien ordenaditos; también tengo la nota. Con letra de suicida
garabateó: “Usted, sí, usted, atienda: no fume
tanto que el tabaco le va a matar. Ahora que lee mi nota, si puede,
dígale a Chejov que tengo una buena historia, porque la vida
da eso, historias. Mire: un hombre en Montecarlo gana un millón.
Vuelve a su casa, se suicida”.
Pavadas.
suicidios,
montecarlo y kafka
©
iván humanes bespín
iván
humanes bespín [ españa, 1976
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