
I
Paola
trabajaba en la periferia de la ciudad, en un municipio semiurbano
que colindaba con la gran capital. Era un lugar pobre, con asentamientos
irregulares, pero sobre todo polvoriento, siempre polvoriento. En
las mañanas tomaba el transporte para llegar a ese lugar.
Pese al exceso de velocidad, iba cómodamente sentada y veía
pasar, en dirección opuesta, los microbuses atascados de
gente. Muy temprano hombres y mujeres salían a la ciudad
a laborar, estudiar o comprar. En los camiones y microbuses las
miles de personas se apretujaban: ¡Apúrate, chofer!,
¡Fíjate donde pisas!, ¡Cóbrate dos al
metro!, ¡Recórranse por favor, atrás está
vacío!
En
la noche su preocupación era alcanzar transporte. Al regreso
siempre era lo mismo: ella viajaba tranquila en el microbús,
mientras las personas retornaban apretujadas en el transporte público:
¡Apúrate, chofer!, ¡Fíjate donde pisas!,
¡Cóbrate dos al puente!, ¡Recórranse por
favor, atrás está vacío!
Y
una noche, cuando regresaba a su hogar con su pequeña hija
en brazos, observó que en el microbús sólo
viajaban ellas y seis pasajeros más: una pareja de novios,
dos hombres, una señora y un joven. Apenas habían
salido al límite del pueblo cuando el camión se detuvo
en plena carretera. El chofer sólo atinó a decir lo
siento se me bajó la batería y no puedo seguir. El
novio, el joven y los hombres se ofrecieron para empujar el microbús,
pero éste no arrancó. Ninguno de los pocos autos que
pasaron se detuvo para auxiliarlos o llevarlos, eran comunes los
asaltos y los conductores jamás se arriesgaban a detenerse.
Los novios propusieron que todos juntos caminaran hacia la avenida
más cercana, con la esperanza de hallar algún taxi
o con suerte algún transporte público. Apenas se habían
alejado unos metros y el microbús arrancó rápidamente,
regresando al pueblo. Era evidente que el chofer había parado
intencionalmente el vehículo. “Que se amuelen, ¿a
poco creen que por sus siete mugrosos varos voy a arriesgarme?,
orita todavía agarro más pasaje en la entrada”
Poco le importó abandonar a los pasajeros en medio de la
oscuridad y con peligro de ser asaltados. Dos horas después,
Paola abrió la puerta de su casa, depositó a la niña
en su cuna y junto con ella también descargó su angustia,
su coraje y su impotencia.
II
El
dolor era insoportable, toda la noche le había molestado.
Isela, su esposa, probó todo para calmar el sufrimiento:
le dio aspirina, neomelubrina, le puso clavo, le dio manzanilla
y otros menjunjes pero nada tranquilizó el dolor de muela
de Alfonso. Desde las ocho de la mañana se pararon frente
al consultorio dental esperando el milagro de que la doctora llegará
más temprano que de costumbre. La dentista llegó media
hora después de lo habitual: eran las nueve y media de la
mañana. Isela le comentó a Paola, la dentista, del
sufrimiento de su marido. En cuanto vio a la doctora, Alfonso sintió
un gran alivio, ella significaba la salvación y el fin a
su dolor. Paola observó la cara doliente del hombre y se
sorprendió: ¡el paciente era el chofer que los había
abandonado a su suerte aquella terrible noche!
¡Siéntese!, le ordenó Paola, mientras se acomodaba
unos guantes de látex. Revisó la boca de Alfonso y
encontró una muela con una caries profunda e infectada. Lo
voy a anestesiar, le dijo. Eligió la aguja más grande
y la colocó en la jeringa que había llenado de agua.
Con fuerza enterró el punzón en la encía de
Alfonso que, ante el dolor, apretó el pañuelo que
le dio su mujer. Pasaron cinco minutos y Alfonso no sentía
los efectos de la anestesia. No siento adormecido y me duele reteharto
la muela, doctora. Pues tendré que extraérsela así,
porque ya se me acabó la anestesia. Él aceptó
ante tanto sufrimiento. Dos dientes frontales y un colmillo le quitó
Paola al chofer antes de extraer la muela infectada. Cada que sacaba
un diente lo ponía en una charola y lo dedicaba a los pasajeros
de aquella noche: este colmillo es por la pareja de novios, este
diente por la señora y el joven, este último por los
señores. Tres veces Alfonso dijo ese no me duele y tres veces
le respondió Paola: no importa, también está
lastimado y hay que extraerlo, además sólo le voy
a cobrar una extracción. Él escuchaba angustiado,
mientras tragaba su propia sangre que manaba abundante de sus encías.
Para quitar la muela enferma, la doctora le aplicó, ahora
sí, una dosis de anestesia, con tal maestría e intención
que Alfonso duró dos días con media cara adormecida.
III
Al
salir del consultorio, Isela tranquilizó a su marido: qué
bueno que aprovechó para sacarte lo que ya tenías
picado. Ya ves, nos cobró bien barato. Es rete buena la doctora,
lo malo es que a últimas fechas cierra muy temprano porque
luego ya no alcanza transporte. Fíjate que me comentó
que una noche que venía cargando a su niña, alguien
de la ruta la dejó botada en la carretera junto con otros
pasajeros, dizque porque se le había acabado la batería.
Cuando se bajaron el microbús se fue. Quién sabe quién
haría la maldad, pero ya lo pagará. En este mundo
todo se paga.
qué
dolor, qué dolor, qué pena
©
jorge enrique escalona
jorge
enrique escalona [ méxico, 1962 ]

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