
Nací
en San Apolonio, un pueblecito costero de Honduras, pero por un
vuelco del destino terminé viviendo mis días en un
pueblo también, pero del norte alemán: Wiesbaden.
Mis padres me trajeron muy niño y nunca he vuelto a Honduras
ni conozco a nadie de ese paisito, ni a nadie que haya ido alguna
vez.
Fue siempre extraño tener unos padres rubios y altísimos
cuando yo ahora, a los 20, solo mido uno cincuenta y soy un típico
mulato cruzado con indio de las costas caribeñas. Pero poco
a poco me acostumbré a mucho, ya que las rarezas de mis padres
iban más allá de su color y estatura. Varias noches
de mi infancia me encontré ante lo primero, extraña
y luego excitante situación de escucharlos a través
de la fina pared del cuarto de baño que colindaba con su
habitación. Este fue el despertar de mi sexualidad, un despertar
sin explicaciones. Tenía ocho años y estaba lavándome
los dientes como mi padre me había enseñado: con un
libro de dibujos animados de un conejo que sujetaba un cepillito
rojo decorado con flechas que indicaban hacerlo hacia arriba y abajo
y circularmente en las muelas.
(El
ruido de un flash muy potente siendo probado.)
-Anna, ahora quiero que te coloques de espaldas a la cámara,
la pondré en automático y posaré como si estuviera
a punto de hacerte el amor.
-Está bien, querido, ¿te parece así?
-¿Y si te pones las ligas rosa que te regalé?
-No, querido, piensa en que no combinan con la sobrecama marrón,
siempre olvidas pensar en el colorido de la foto.
-Bueno, amor, pero pienso en la forma en que te veas más
sensual.
-Eso siempre.
-A ver, ven, posa tu mano sobre mi hombro y muérdeme la oreja.
-Pues creo que esta será la última foto, ha sido una
sesión extenuante y solo quiero que nos divirtamos.
-Me parece muy bien. Y ahora sí que me puedo poner las ligas
rosa.
Entonces
sonaba un flash potente y luego risas, gemidos y hasta gritos. En
esos días ya nos habían hablado en la escuela del
amor, de cómo se hacen los niños, pero estaba claro
que ellos no me habían hecho así, si siempre me contaban
cómo habían ido a Honduras a traerme. Me enseñaban
mapas de Centroamérica, un estrechito ínfimo de tierra
que une dos bloques grandes y poderosos.
Pasaron años para que comprendiera que se trataba de juegos
eróticos entre mis padres, él coleccionaba cámaras
antiguas y ella revistas de moda, y alguna vez encontré en
casa una foto de ambos desnudos y muy cerca, pero pensé que
era una broma y que se estaban bañando.
Sin
embargo, en una de esas noches tuve mi primera erección.
Los gemidos de ambos se han quedado grabados en mi mente y de allí
en adelante nunca pude pasar por alto la forma en que los pezones
se marcaban en las blusas veraniegas de seda de mi madre. Me imaginaba
lamiendo sus pezones circulares y rosas a pesar de que muy dentro
de mí había una especie de recuerdo, vaguísimo,
de estar dormido entre senos terrosos, negros. Los escuché
muchas noches más, y cuando alguno de mis amigos me contó
que se acariciaba allí de esta y la otra forma empecé
a combinar las noches en el baño de paredes finas con mis
primeras caricias y eyaculaciones.
Hace
tres años me hice novio de Henrietta y con ella tuve sexo
por primera vez. Se parece mucho a mi madre Anna, rubia y de piel
rosa, con senos blancos que parece que van a explotar de tersura,
con piernas grandes y muslos que me aprisionan para no dejarme ir.
Hace
poco le propuse que tomáramos fotos de nuestros juegos pero
no accedió pensando que lo que quería era enseñárselas
a mis amigos. No podía explicarle la forma en que estos juegos
fotográficos estaban ligados al despertar de mis primeras
excitaciones. Henrietta me quiere mucho, pero a veces cuando la
abrazo siento que es fría, que es un témpano que no
se derrite por más que la bañe acariciándola
con mi saliva y que gotee sobre ella el sudor que nos produce la
calefacción a tope del afuera invierno de treinta bajo cero.
Me
llama su indio, su indito, y dice que le gustan mis ojos rasgados
y selváticos, que el color grisáceo de mi pene la
vuelve loca. Dice que me muevo distinto, que tengo un ritmo dentro
que ella no entiende y que no puede seguir. A mi me gusta tenerla
estática en la cama, montaña nevada, y recorrerla
impreciso y nervioso hasta que suelte uno y otro gritito que desencadenen
mi delirio sobre su carne tierna en la que mis dedos y dientes se
quedan marcados en rojo.
Yo
la quiero, no sé si mucho, pero me gustan sus ideas y con
eso basta. Se le ocurre que rodemos por la nieve y hacerme sexo
oral en los callejones desiertos de Wiesbaden. Se le ocurre que
nos tomemos alguna pastillita de éxtasis antes de salir a
bailar hardfloor trance. Elevada, me pinta de rojo los ojos y me
lleva arrastrado de su mano como a un monito de peluche a esas discotecas
donde solo van rubios inmensos. Es más alta que yo Henrietta,
por lo menos unos quince centímetros y creo que trata de
compensarlos al peinarme haciendo unas espinas de pelo negro untado
de gel con brillantina de estrellas. Ella solo se echa unos polvitos
tornasol por toda la cara y me ve con esos ojos azul turquesa de
dragón niño.
Le
digo que el día que me deje me iré a Honduras para
encontrar eso que es distinto en mí, eso que no conozco y
que es, que soy. Le cuento que sueño con atravesar Copán,
las ruinas mayas, que en un sueño recurrente giro la cabeza
y allí está, en toda su imponencia: el Gran Jaguar.
El sudor selvático me inunda la visión, estoy empapado,
en el centro del pecho siento la presencia de un objeto cálido,
de piedra hirviendo. Los ojos acuosos y las manos abiertas para
comerme todo el aire de ese momento preciso y congelable. Intuyo
sus líneas en la poca claridad, la forma antigua, la construcción
perfectamente dispuesta. La plaza central de la Acrópolis
es más amplia de lo que imaginaba. Mis ojos siguen las estelas
con tallas de deidades alineadas en los bordes. Me acerco a una
y meto la mano en las zanjas del dibujo hecho en la piedra, que
está húmeda y fría en medio del sofoco tropical.
Respiro al fin. Doy vueltas intentando atrapar el conjunto: las
casas de los nobles, las dos pirámides encontradas, las estelas,
los árboles cargados de pájaros azules que aún
duermen. Todo es un sueño de penumbra, estático y
vivo. Sigo escuchando a los monos aulladores, cerca y lejos a la
vez.
Para
ver mejor escalo el Templo de Chac con bastantes dificultades pero
reteniendo un placer extraño y conocido: el de la novedad
en lo de tan distintas formas imaginado. Me acuesto allá
arriba, en la plataforma, con las rodillas juntas, cierro los ojos,
el sol sale minutos después. Las aves azules despiertan todas
juntas y vuelan y trinan sobre mi cabeza. Se llaman chorchas esas
aves y abundan en la selva. El cielo nace fogoso: rojo, magenta,
naranja intenso fluorescente y hasta un lila brillante e impredecible.
Y es que cada vez que Henrietta se muestra distante conmigo me pongo
a investigar sobre mi país, veo fotos, mapas, leo descripciones
que hacen los turistas y me voy construyendo un recuerdo representado
y proyectado a futuro. Este es mi sueño de Copán,
de esa selva insólita y sin referentes pues solo conozco
bosques de árboles gélidos.
Me
meto al sauna de mis padres e intento recrear este calor húmedo
plagado de visiones. Cierro los ojos y me invento algo que creo
que es mío pero que está lejos, traslado las fotos
de monos y aves exóticas al vapor de ese cuarto pulcro y
aséptico.
Pero
es que este sauna de azulejos blancos es mío, y los pinos
nevados de fuera, el auto azul marino del garage, con vestiduras
de piel negra, las canas de mi padre rubio que se sienta conmigo
a escuchar Schubert. Me dice que vaya pensando si estudiaré
Ingeniería o Medicina, que espera que no esté metido
en las drogas como tantos jóvenes, que Henrietta es una mala
influencia con esa cara blanca de hada malévola. Mi padre,
ese señor alto con bifocales para leer, que se sienta con
un periódico en una mecedora y que le ve con lascivia el
trasero a esa madre blanda y blanca que se contonea levemente mientras
bebe una cervezota oscura y templada.
Hace
mucho que ya no estoy pendiente de sus juegos eróticos pero
estoy seguro de que siguen en ellos: los distintos lentes en las
cámaras, la lencería de cebra y la sobrecama a juego
en tonos ocre. Es seguro que la inventiva no se les ha acabado.
Porque francamente son creativos estos dos señores, tanto
que decidieron gastarse su dinero en un hondureñito mulato,
vaya excéntricos. De Wiesbaden a Tegucigalpa como si dándole
vueltas al mapa de pronto mi madre se hubiera encaprichado con esta
parte mínima del globo, contando uno, dos, el segundo país
de la hilera de Centroamérica y allí nos vamos Fredrick
Liebe a traer a esta ratita negra y solitaria a la que alimentaremos
con salchichas librándola de esas mazorcas de maíz
amarillas que aquí solo se comen las vacas. Vistamos a la
ratita con encajes azules y comprémosle un Super Nintendo,
un año sí y un año no a Euro Disney y algún
invierno a las playas malagueñas para que entienda un poco
sobre el sol y las costas de donde proviene. Un paseíto por
Marruecos para que vea que no es el único chico de rasgos
extraños y de color oscuro, aunque ya en Wiesbaden resulte
extraño encontrarse con alguien que sea un tono más
moreno que el rosa.
Y bueno,
supongo que a base de excursiones he ido construyéndome.
Últimamente
mi madre se ha percatado de que escucho una música a la que
ella llama ruidosamente galáctica y me trajo unos discos
de merengue punta. El librito del cd dice que esta música
se baila en Honduras sobre las puntas de los dedos de los pies rozándose
sensualmente la pelvis, que es una especie de lambada a lo centroamericano.
Mi
madre está segura de que debo tener ritmo para bailar en
las venas, como buen mulato que soy. La verdad no me disgusta esta
música, pero no puedo pensar en bailarla aquí dentro,
con la calefacción a tope y temiendo romper alguna porcelana
de niñas rubias con vestidos de color pastel jugando rondas.
Pero
claro que me sueño en la playa de arena negra, volcánica,
tomando por la cintura a una morena de caderas colosales y firmes
de andar por la playa todos los días. Una mulata que no me
lleva quince centímetros como Henrietta, cuyo pelvis encaja
perfectamente con mis uno cincuenta de estatura, que se siente calientita
y sudorosa entre mis brazos, casi escurridiza. Sueño que
voy abrazado a su cintura y que las olas frías y espumosas
le mojan la falda roja y amplia. Me enredo en sus rizos tostados,
y su boca y su entrepierna se me ofrecen como las sandías
del mercado.
Entonces
yo, como buen turista en su propia tierra, saco mi Nikon F y la
capturo antes de que no sea mía.
wiesbaden
san apolonio wiesbaden
©
beatriz bonduel
beatriz
bonduel [ guatemala, 1977 ]
elnidodelescorpion.com

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